Cuba Nostra, y su historia relacionada con Allende [ Español]
Cuba comunista: Una banda de asesinos
Cuba Nostra: Los secretos de Estado de Fidel Castro
Por Eduardo Mackenzie
(Reseña del libro cortesía de la lista ABAJO CADENAS)
Septiembre 15 de 2005.
Salvador Allende no se suicidó ni murió por las balas de los militares golpistas el 11 de septiembre de 1973. Durante el ataque contra el Palacio de La Moneda (sede del Poder Ejecutivo de Chile), el presidente depuesto de Chile, fue cobardemente asesinado por uno de los agentes cubanos asignados a su protección.
En medio de los bombardeos de la Fuerza Aérea, los colaboradores del jefe de Estado socialista entraron en pánico; él, ante la situación desesperada, solicitó —y le fueron concedidos— breves altos el fuego y, finalmente, decidió cesar toda resistencia.
Según un testigo de los hechos, Allende, aterrorizado, corría por los pasillos del segundo piso del palacio gritando: «¡Tenemos que rendirnos!». Antes de que pudiera hacerlo, Patricio de la Guardia —agente de Fidel Castro directamente a cargo de la protección del presidente chileno— esperó a que este regresara a su escritorio y, sin vacilación alguna, le disparó en la cabeza con una ráfaga de ametralladora.
Inmediatamente colocó un fusil sobre el cuerpo de Allende para simular que había muerto a manos de los atacantes y regresó corriendo al primer piso del edificio en llamas, donde lo esperaban otros cubanos. El grupo abandonó el Palacio de La Moneda y, varios minutos después, se refugió en la Embajada de Cuba, situada en las cercanías.
Esta versión del dramático final de Salvador Allende —que contradice las dos versiones anteriores, casi oficiales, difundidas ya sea por Fidel Castro (la tesis de su muerte heroica en combate) o por la Junta Militar chilena (la del suicidio)— proviene de dos exmiembros de organizaciones secretas cubanas, muy bien informados sobre este sangriento episodio, quienes se encuentran actualmente exiliados en Europa.
¿Y qué dijo Patricio de la Guardia?:
tras ser condenado en 1989 a 30 años de prisión en un controvertido caso, descalificó la versión recientemente divulgada de que él, por orden de Fidel Castro, mató a Salvador Allende en el Palacio de La Moneda.
"Yo no maté a nadie. Eso es mentira, es una campaña en contra mía", respondió en una breve
comunicación telefónica, al ser consultado por La Tercera sobre la tesis aparecida en el libro Cuba Nostra, de Alain Ammar, publicado en Francia.
comunicación telefónica, al ser consultado por La Tercera sobre la tesis aparecida en el libro Cuba Nostra, de Alain Ammar, publicado en Francia.
El libro publicado recientemente en París por la editorial Plon, titulado *Cuba Nostra: les secrets d’État de Fidel Castro*, Alain Ammar —periodista especializado en Cuba y América Latina— analiza y coteja las declaraciones que le brindaron Juan Vives y Daniel Alarcón Ramírez, dos exoficiales de inteligencia cubanos. En el exilio desde 1979.
Juan Vives fue un agente secreto de la dictadura y sobrino de Osvaldo Dorticós Torrado, el presidente títere de Cuba que gobernó entre 1959 y 1976, quien se «suicidó» en 1983 bajo circunstancias sospechosas. Vives relata que, en noviembre de 1973, en un bar del Hotel Habana Libre —donde algunos miembros de los organismos de Seguridad del Estado solían reunirse los sábados para beber cerveza e intercambiar, de manera informal, chismes y todo tipo de información—, escuchó aquella escalofriante confesión de boca del propio Patricio de la Guardia, jefe de las Tropas Especiales cubanas, quien estuvo presente en La Moneda aquel fatídico 11 de septiembre de 1973.
Durante años, Vives no quiso divulgar dicha información, pues, tal como él mismo afirma, «era peligroso hacerlo», y porque, hasta ese momento, no existía en el exilio otro cubano de credibilidad que pudiera confirmar la veracidad de tales hechos. Cuando se enteró de que Daniel Alarcón Ramírez —alias «Benigno», uno de los sobrevivientes de la guerrilla de Ernesto Guevara en Bolivia— también se encontraba exiliado en Europa, la idea de dar a conocer estos hechos cobró fuerza nuevamente.
En el libro de Alain Ammar, «Benigno» corrobora plenamente el relato de Vives. Ambos conocieron a Salvador Allende y a su familia; ambos residieron en Chile durante el gobierno de Allende; y ambos escucharon, en momentos distintos, la confesión de Patricio de la Guardia a su regreso a La Habana.
El libro de Ammar describe con detalle los últimos meses del gobierno de la Unidad Popular y, sobre todo, pone de manifiesto el elevado grado de control directo que Fidel Castro logró ejercer —a través de cientos de espías de la DGI (el servicio de inteligencia cubano), así como de sus agentes operativos y agentes de influencia infiltrados en Santiago— sobre el presidente Salvador Allende, sobre sus ministros e incluso sobre sus amigos íntimos y colaboradores.
De hecho, el castrismo había desvirtuado la llamada «vía chilena al socialismo» hasta tal punto que, dentro del propio gobierno de Allende, surgieron voces críticas ante semejante injerencia brutal.
Meses antes de su muerte, Salvador Allende había sido «instrumentalizado por Castro», explica Juan Vives; «pero Allende no era el hombre predilecto que La Habana deseaba tener en el poder en Santiago. Castro y Piñeiro (la mano derecha de Castro en las operaciones de espionaje en América Latina, quien falleció recientemente en Cuba a causa de un infarto) se preparaban para reemplazarlo —incluso a espaldas del presidente Allende— por Miguel Enríquez, principal líder del MIR, y por Pascal Allende, el número dos del MIR, así como por Beatriz Allende, la hija mayor del presidente, quien también militaba en el MIR». Beatriz se suicidó en Cuba en 1974.
Este control sobre el Jefe de Estado chileno se intensificó notablemente tras el primer intento de golpe militar, ocurrido el 29 de junio de 1973, más conocido como el «Tanquetazo». Cuando La Habana supo que el círculo cercano al presidente se encontraba atemorizado, Fidel Castro hizo saber que Allende no podía, bajo ninguna circunstancia, rendirse ni solicitar asilo en una embajada. «Si tiene que morir, debe morir como un héroe.
Cualquier otra conducta cobarde y carente de valentía habría traído graves repercusiones en la lucha en América Latina», recuerda Juan Vives. Por eso Fidel Castro dio la orden a Patricio de la Guardia de «eliminar a Allende si, en el último momento, este se acobardaba e intentaba rendirse».
Poco después de los primeros ataques a La Moneda, Allende le había comunicado a Patricio de la Guardia que debía solicitar asilo político en la Embajada de Suecia. El jefe de Estado ya había encargado a Augusto Olivares —su secretario de prensa— que realizara dicha gestión.
Probablemente por ello Olivares, alias «El Perro Olivares», fue también asesinado por los cubanos antes de que estos hicieran lo propio con el presidente de Chile.
«Olivares, reclutado por la DGI cubana, transmitía a Piñeiro hasta el más mínimo pensamiento de Allende, quien a su vez se lo comunicaba a Fidel», declara Juan Vives.
Otro escolta chileno de Allende, llamado Agustín, fue también «abatido» por los cubanos durante aquellos dramáticos momentos, según un testimonio prestado por «Benigno» al autor del libro. Varias semanas después del golpe de Estado, Patricio de la Guardia le relató, en efecto, a «Benigno» el trágico fin de Agustín —hermano de un amigo suyo que aún reside en Cuba— y le reveló otro detalle significativo sobre los sucesos de aquella fatídica mañana en el Palacio de La Moneda:
"antes de acribillarlo a balazos, el agente cubano había sujetado con fuerza a Salvador Allende —quien pretendía abandonar el palacio— y lo había sentado en el sillón presidencial, gritándole: «¡Un presidente muere en su puesto!".
Esta versión del asesinato a quemarropa de Allende no era totalmente desconocida. El 12 de septiembre de 1973, varias agencias de noticias —entre ellas la AFP— resumieron el suceso en cuatro líneas. Publicado al día siguiente por *Le Monde*, el cable decía:
«Según fuentes de la derecha chilena, el presidente Allende fue asesinado por su guardia personal cuando solicitaba un alto el fuego de cinco minutos para rendirse ante los militares que estaban a punto de entrar en el Palacio de La Moneda».
Ammar señaló que tal hipótesis «fue enterrada de inmediato» porque no convenía a nadie: «ni a los colaboradores de Allende, ni a la izquierda chilena, ni a sus amigos en el extranjero, ni a los militares y, sobre todo, a Fidel Castro...».
La confirmación de esta —hasta hace poco— «hipótesis» fue realizada por Juan Vives y Daniel Alarcón Ramírez, y podría verse reforzada en el futuro por el testimonio de otros miembros del personal cubano —que han guardado silencio hasta ahora— y por documentos existentes fuera de Cuba.
En efecto, la pieza clave de este asesinato podría hallarse en un banco de Panamá. Según los autores del libro, Patricio de la Guardia —condenado a treinta años durante el proceso fársico contra el general de división Arnaldo Ochoa Sánchez, y hoy bajo arresto domiciliario— había depositado en una caja de seguridad de un banco panameño un documento comprometedor en el que describe, entre otras cosas, el asesinato de Allende por orden de Castro; un documento que debería ser revelado en caso de fallecimiento de Patricio de la Guardia.
Fidel Castro, según los autores del libro, se tomó muy en serio dicha amenaza e hizo posible que Patricio escapara del pelotón de fusilamiento, a diferencia de Tony —hermano de Patricio—, quien, junto con el general Ochoa y otros dos miembros del Ministerio del Interior, fue ejecutado el 13 de julio de 1989. Patricio de la Guardia Font falleció el 19 de marzo de 1997.
La revelación de lo sucedido a Salvador Allende no solo reviste interés para los historiadores de la calamitosa aventura de la Unidad Popular en Chile. También resulta de interés —y en gran medida— para los nuevos amigos latinoamericanos de Fidel Castro, especialmente para el presidente Hugo Chávez de Venezuela.
Hugo Chávez y los demás —por muy dignos de confianza que puedan parecer como jefes de Estado a los ojos de La Habana (tal como lo fue en su momento, al menos sobre el papel, el presidente Allende)— Nunca dejaron de tomar nota.
Tanto Chavez como Maduro fueron objeto de las mismas siniestras manipulaciones de control —así como de dominación física y política— por parte de los mismos servicios que actuaron con tanta brutalidad contra el presidente de Chile.
El libro de Alain Ammar, *Cuba Nostra: les secrets d’État de Fidel Castro* aborda, a lo largo de sus 425 páginas, muchas otras cuestiones y episodios relacionados con las complejas —y no siempre exitosas— operaciones secretas de La Habana, tanto dentro de Cuba como en diversos países.
El libro es una investigación sobre los secretos del régimen de Fidel Castro y su impacto en Cuba y el mundo. Algunos críticos han destacado la importancia de este trabajo para entender la historia de Cuba y la influencia de Castro en la región que incluye Chile.